Isla de los vientos – Capítulo I

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La Isla de los Vientos

De la Croix gritaba enfurecido:

—¡Quiero mi ron! ¡Quiero mi ron!

La tripulación no osaba preguntarle por qué se encontraba tan exaltado y evitaba acercarse mucho a él, pues temía ser el blanco de su furia. Daba miedo verlo así, y no era que anduviera con la ropa sucia, maloliente, los cabellos grises excesivamente largos y revueltos por el viento de alta mar, la barba desprolija, las botas descosidas y un sombrero negro desteñido por el sol y la sal. Era la manera como se paseaba por la cubierta, dando airados pasos, moviéndose de la proa a la popa como un animal salvaje en cautiverio, con los ojos inyectados de sangre y la mirada extraviada en una maraña de pensamientos, golpeando un viejo látigo furiosamente contra su mano sin demostrar dolor alguno…

En eso se volvió a escuchar su voz de trueno:

—¡Todos a cubierta!  Vamos a hacer algunos cambios y todos tienen que estar enterados. François, fija rumbo hacia la isla de los Vientos…

—Pero capitán, ¡es una locura!, ¡no podemos ir allí! —se atrevió a decir el marino justo antes de escucharse un latigazo que repicó a pocos centímetros de su pierna derecha. No hubo respuesta, solo sus miradas se encontraron. Por el rostro de Fran-çois corrió un súbito calor que se extendió hacia el puño de su mano derecha, mientras un frío le corrió por la espalda. Cerró la boca de inmediato, midió las consecuencias en un instante y contuvo su impulso, pues conocía bien al capitán, a ese capitán con el que ya había pasado varios años embarcado.

—Blaquier, serás el responsable de llegar a la isla antes de que asome la luna llena, visto que el Señor François…

—Sí mi capitán, que así sea— se apresuró a decir Blaquier, emocionado por el repentino viraje de responsabilidades que lo ponía ahora en una posición ventajosa respecto de François. Parece que las cosas están empezando a cambiar se dijo a sí mismo y echó una mirada de soslayo al que siempre había gozado de la máxima confianza de De la Croix.

—¡A todos los demás los quiero trabajando! ¡Nos apoderaremos de todo el ron que se encuentra en esa isla!  Habrá suficiente para todos y más aún.

Esas fueron todas las noticias. De inmediato la tripulación corrió a sus puestos y la pesada nave, una de las mejor equipadas del Caribe, comenzó a virar en dirección a la Isla de los Vientos. Mil toneladas de madera y hierro provenientes de los puertos de Holanda, dieciocho cañones lustrosos a fuerza de mucho fuego y un mascarón de proa que rememoraba ondulantes sirenas comenzaron a cortar la espuma con la prolijidad de un cocinero avezado.

Nadie sabía por qué tanta prisa, pero ninguno se atrevía a preguntar y menos a contradecir las órdenes del capitán. Ya lo sucedido con François había servido de advertencia a los excesos de curiosidad o de cautela. Además, si bien no los consultaba antes de tomar una decisión, siempre los había tratado como seres humanos y nunca los había estafado en sus muchos atracos, era justo en los repartos y equilibrado en los juicios, eso bastaba para que sus hombres mantuvieran una confianza ciega en él. ¿Por qué dudar ahora?

De la Croix había ganado fama en el mar fundamentalmente por tres cosas: honestidad entre los bárbaros de su raza, un malhumor de diablos que nunca le daba respiro y un par de heridas en forma de cruz, una en el costado izquierdo de su pecho, cerca del corazón y otra en su frente. Nunca dio explicaciones sobre cómo se ganó esas marcas que lo distinguían entre miles.

Para los hombres que no dejaban de conjeturar debían ser una cuestión de honor:

—Seguro se las hicieron en la cárcel, De la Croix nunca fue hombre de quedarse con la boca cerrada o los brazos quietos, ni siquiera frente a los guardias.

—No fueron los guardias, esos no se toman el trabajo de dibujarte nada, ni saben escribir, nada más te cortan una oreja, la arrojan a tu cara y a otra cosa.

—No, eso tiene que ser resultado de alguna venganza. ¿Recuerdan cuando les arrebató el barco a los españoles? El capitán del galeón trató de recuperarlo poco tiempo después que lo tomamos, entrando a Veracruz.

—Eh, capitán, ¿nunca nos va a contar sobre esas heridas? —decían los más viejos— después de tantos años, debería confiar en nosotros.

Y mientras los pobres diablos se ufanaban de las heridas que coleccionaban como trofeos de guerra él se limitaba a mirarlos con ojos de hielo.

Las mujeres de los puertos también aventuraban teorías sobre el origen de sus marcas, pero le otorgaban al silencio del capitán razones ligadas al corazón. Algunas habían concluido que eran el resultado de un amor perdido que le había robado el corazón y el pensamiento.

—Claro, de otra forma no se explica su frialdad.

—Cierto, es tan poco gentil cuando está conmigo.

—Y conmigo ni hablar, si ni siquiera me llama por mi nombre. Otros me hacen regalos y me dicen cosas bonitas para tener mis mejores favores pero a él le da lo mismo, yo no sé por qué nos busca si ni parece disfrutar…

—No se apresuren a condenarlo —decía otra de ellas—, es un pobre animal desvalido. Hay que ver cómo se acerca a mí buscando un poco de paz. Cuando me busca apoya su cabeza sobre mi regazo y espera que lo acaricie hasta logar dormirse. A veces tiene una cara… se lo ve pálido, parece un alma en pena, como si no pudiera pegar un ojo una sola noche.

—Será que es lo único que puede esperar de ti… — festejaban las otras.

—No seas ingrata. ¿De quién aprendiste tu todo lo que sabes? Todavía puedo darte algunas lecciones sobre cómo tratar a un hombre. No, es algún demonio que lo anda persiguiendo, estoy segura, vaya a saber una lo que ha hecho en tantos años… Hay noches que comienza a soñar y habla. No entiendo lo que dice ni con quién habla, pero se aprieta el pecho con las dos manos y luego llora como si estuviera muriendo de dolor… hasta que despierta sobresaltado y envuelto en temblores. Hay que verlo, ni siquiera sabe dónde está al principio. Salta de la cama, busca su sable y la emprende contra el aire diciendo cosas como “Me has mentido, nunca dijiste que sería así”.

—¿Le has preguntado por sus sueños?

—Solo una vez, pues me amenazó con no volver nunca más si insistía en averiguar. Y los tiempos no están para perder un cliente, a mi edad. Además, me da tantísima pena…

Faltaban tres días para el plenilunio y tenían que recorrer muchas millas para llegar a destino, así es que el buque debería marchar a toda vela día y noche para llegar a tiempo.

Se redoblaron los turnos para mantener el rumbo a marcha forzada. Algunos trabajaban el día y la noche, otros a la inversa. El capitán, por primera vez temeroso de que no se cumplieran sus órdenes, hacía cortas siestas a lo largo de todo el día y vigilaba nerviosamente cada uno de los movimientos. El agotamiento lo ayudaba a dormir, pues era tal la tensión por controlar de cerca la marcha del barco que apenas apoyaba la cabeza en la litera de su camarote se desplomaba en un sueño profundo y sin sueños que duraba apenas un par de horas. Lo suficiente para estar otra vez de pie en la cubierta comprobando por medio de las estrellas o de la inclinación del sol que no se perdiera el rumbo hacia la isla.

La Isla de los Vientos, o como le decían algunos, la Isla de la Torre Siniestra, era una especie de santuario por no decir cementerio. El castillo inconcluso que se alzaba sobre su superficie había sido erigido por un grupo de ladrones que se habían fugado de la cárcel de Encadenada, establecida sobre un grupo de islas que por la forma en que se continuaban hacían pensar en una pesada cadena de gruesos eslabones. Habían elegido refugiarse en esa isla porque nadie se acercaba a ella a causa de las constantes tormentas y, según cuentan, fueron dejando su vida con cada una de las piedras que formaron sus muros.

Se decía también que los refugiados fueron muriendo, víctimas de enfermedades tan extrañas como ronchas en brazos y piernas, que se infectaban y emanaban humo verde o fiebres que producían delirios que los hacían hablar en idiomas desconocidos hasta que se ahogaban con sus propias lenguas. Algunos aventuraban la existencia de criaturas extrañas que devoraban la carne. Lo que sea que fuere la causa de esas muertes, decían, debía ser tan horroroso que, a medida que esos hombres se iban muriendo, obligó a sus espíritus a permanecer en la inmensa torre, custodiando el mayor tesoro de licores jamás antes visto.

Pocos fueron los que intentaron apoderarse del botín. Hubo una vez un intento desquiciado de poblar la isla pero se frustró por la desaparición repentina de todos los que iban en la expedición.

Años después algunos soldados envalentonados por el alcohol se dirigieron hacia allí, pero solo salió uno con vida, si es que se puede llamar vida a la condición en que llegó al puerto de San Francisco. Solo fue capaz de emitir unos chillidos confusos por unos segundos antes de morir en los brazos de un sacerdote. Esos fueron los ingredientes que atizaron el fuego de la leyenda que la hizo un lugar prohibido.

Hacia allí se dirigían ahora. En poco tiempo verían con sus propios ojos lo que se ocultaba detrás del telón de vientos y tormentas. Pasarían a formar parte de la leyenda o serían los primeros en contar los secretos de la torre…

Haciendo un esfuerzo sobrehumano y desplegando las velas al máximo llegaron a la isla, tres mañanas después. Todo era bruma alrededor, el aire húmedo y extrañamente frío para esas latitudes dilataba sus narices y los latidos en sus pechos adquirían la intensa sonoridad del ruido de las olas pegando contra el casco de la nave. Al mismo tiempo que un remolino de angustia comenzaba a oprimirlos a la altura de la garganta.

Nunca habían llegado tan lejos en sus expediciones ni en su imaginación. Las historias, que más parecían delirios surgidos del exceso de licor, estaban a punto de hacerse realidad.

Fondearon el barco a escasas millas de la costa, justo enfrente del castillo que, con sus fantasmas, se erigía allí, desafiando las incrédulas miradas, intimidándolos con su feroz firmeza y su soledad soberbia, en medio de violentos vientos que soplaban los trecientos sesenta y cinco días del año…

Grande fue el asombro de todos cuando vieron, superando a la bruma y sobresaliendo entre la espesura de la abigarrada selva que cubría la isla, una torre entre gris y verde que se adentraba en las mismas nubes oscuras que cubrían todo el terreno. No se trataba de una torre tan alta, solo que las nubes estaban a escasa distancia del nivel del mar. El sol, a su vez, le tendía un manto oblicuo de luz que, lejos de hacerla brillar, le confería un aspecto sombrío y misterioso.

De la Croix alzó su voz, pero no sonó tan contundente como horas atrás.

—Comencemos el desembarco. François, lleva diez hombres, ustedes irán por la senda occidental. Ustedes por el claro, al Este de la torre, con diez hombres más —esta vez le hablaba a Blaquier—. El resto que me siga. Yo rodearé la isla con el bote y amarraré junto a la gruta que conduce al interior del castillo. Nos encontraremos en el patio junto a la escalera que se encuentra a espaldas de la gran torre. Allí deberemos encontrar la entrada que conduce a los depósitos del más exquisito ron que hayan probado jamás sus desdentadas bocazas —y, profiriendo una carcajada, se quedó por un instante mirando hacia el castillo, y sus ojos brillaron con una mezcla de emoción y miedo que sus hombres supieron imitar pero no entender.

El festejo no duró mucho, todos habían escuchado con atención. Se hizo un largo silencio, permanecieron quietos y callados, las preguntas se agolpaban en las cabezas de algunos. Entre ellos Blaquier. ¿Cuándo había estado de la Croix en la isla? ¿Cómo conocía la existencia de una entrada secreta? ¿Por qué necesitaban dividir sus fuerzas para entrar?  La desconfianza innata de Blaquier estaba comenzando a trabajar en su interior. ¿Qué es lo que se propone el capitán? Se preguntó en un intento de ver lo invisible. No había tiempo para cuestiones. El ron está allí, solo falta cruzar un corto trecho de agua, toneles de bebida esperándonos, los hombres están muy ansiosos, desoirían cualquier cosa que yo pudiera cuestionar, sin hablar de la reacción de De la Croix. ¡Maldición! Esto me huele tan mal…

De la Croix se arrepintió demasiado tarde de sus palabras e interpretó al instante la duda que se traslucía en algunos rostros, sin perder tiempo volvió a hablar para que pasaran a la acción y dejaran de pensar.

—¡Vamos, a moverse! Al atardecer estaremos de vuelta en esta misma cubierta. Y al que tenga miedo de esas historias de infantes le digo: ¡Teman más a de la Croix y su sable que a los opacos fantasmas de esa isla!

Y, silenciosamente, comenzó el desembarco.

Anclaron a corta distancia de la costa fuera de la zona donde comenzaba a agitarse el aire fuertemente. Desde allí podían ver la torre, la espesura verde azulada, los pequeños riscos a ambos extremos de la isla. Pero por más que aguzaran el oído no se escuchaba más que el sonido del viento. Ni una sola nota de vida. Las aves, tan comunes en las islas de los archipiélagos de esa parte del mundo, no parecían haberse percatado de la existencia de ésta. El viento arreció.

Despacio y con los ojos muy abiertos se fueron acercando. Por orden de De la Croix todos subieron a los botes. No debía quedar nadie a bordo del barco. Según dijo se necesitaba de todas esas manos para traer semejante cargamento. Lo que no dijo fue que en realidad temía que se dieran a la fuga con el barco, dejándolo allí.

El primer fantasma que acudió a su encuentro fue el viento huracanado, que se hacía más y más violento cuanto más se acercaban a tierra. No venía de una sola dirección, de pronto pareció envolverlos con ásperos abrazos, deslizándose sobre sus curtidos rostros. Sus ojos comenzaron a achicarse ante la dureza del aire y sus caras se llenaron de nuevas arrugas que se sumaron a las esculpidas por la sal y el sol a lo largo de años de travesías. La mirada fija en una dirección: esa torre que parecía prevenirles de que entraran. Los ojos se nublaron con el ardor del viento, con la humedad fría y salada. Los oídos solo distinguían gemidos de viento y rugidos de mar.

Una inmensa mano de agua los cubrió. Los tres botes comenzaron a girar como si estuvieran en el centro de un huracán. Con toda la fuerza que les permitía el miedo se aferraron a los remos y a la vida. Uno de los botes, el que comandaba François, casi se da vuelta, pero lograron dominarlo y se mantuvieron a salvo…casi todos. Después de semejante embate, los que pudieron encontrar algún cabo suelto se ataron por la cintura o por el tobillo. La cuestión era tener con qué sujetarse. Allí comenzaron las primeras disputas.

—Dame eso, quién echaría de menos tan poca cosa como tú— y con brutal zarpazo, Jean Luc arrebató la soga y la enrolló en su pierna, pues no era lo suficientemente larga para rodear su gruesa cintura.

—Solo tu hermana y tu madre —alcanzó a responder Elroy al ser asaltado.

Un minuto después una nueva ola golpeó los botes. Un revoltijo de espuma y gritos. La corriente arrastró a Jean Luc a un remolino que, haciéndolo girar sobre sí mismo, le tensó la cuerda alrededor de su garganta. No hubo palabras, solo un par de ojos desorbitados viendo hacia la nada, el rostro in crescendo de azules y morados y una mano extendida mientras la otra soltaba lentamente la cuerda que no logró aflojar. En esos ojos se reflejaron los ojos de todos los que compartían la embarcación. La imagen devuelta era puro y simple miedo.

Los hombres no eran temerosos cuando de otros hombres se trataba. No por nada se habían ganado el respeto y el temor de no pocos piratas. Pero esto era distinto, no se trataba de luchar mano a mano contra un despojo humano. Las fuerzas de la naturaleza y el poder oculto de sus miedos comenzaban a tomar formas extrañas. Hubo manos deslizándose hacia el interior de una deshilachada camisa buscando tocar algún viejo tatuaje borroneado, plegarias infantiles, recuerdos lejanos de madres bondadosas. Los menos lucían sobre el pecho alguna vieja cruz ahora entre verde y oxidada por la sal, otrora plateada, que aferraban con sus callosas manos mientras susurraban un pedido de milagro a un Dios que tanto tiempo hacía que no invocaban. Se escucharon palabras en un idioma extraño. Monótonas invocaciones a quien sabe qué dioses…

La población de los puertos, mezcla de salvajes, negros y toda la escoria que desechaban los poderosos conquistadores del Nuevo Mundo, se había ido fundiendo entre ellos al igual que sus creencias. Por esas islas la fortuna y la desdicha iban y venían de la mano de los dioses que la Conquista trajo junto a los esclavos negros. Dioses de la vida y del mar, de los vientos y las tormentas, de la guerra y del fuego, del destino y del amor… seres intangibles con el poder de hacer y deshacer una vida de un soplido.

—Sujétense con fuerza que viene otra ola…—se escuchó decir al capitán—.

—Tírame ese cabo para sujetar los remos —respondió un marino.

—Allá va. ¡Cuidado Martin, no pierdas las armas!

Y giraron de un lado a otro como una rama de sauce. El empellón de agua puso el segundo hombre en el agua. Imposible hacer algo sin perder más vidas. El capitán ordenó a todos no hacer alarde de coraje porque en ese momento se acercaba algo peor:

—¡Ola! —y casi no se alcanzó a escuchar el aviso porque el agua tapó por completo las embarcaciones que se bambolearon como nueces. Al cabo de unos segundos volvieron a emerger, al tiempo que el mar se llevaba otro cuerpo.

Las secretas oraciones se adivinaban en sus rostros. Tensos los músculos de la cara, tensa la mirada fija en el agua, tensos los brazos, tensa la respiración.

Como si la ofrenda hubiera sido cubierta con las tres vidas, los vientos se fueron calmando y las olas cada vez más pequeñas dejaron paso a las embarcaciones hacia la orilla.

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